La nueva rivalidad del deporte

article-0-1A20D8B2000005DC-383_634x441“Será un rival temible muy pronto” comentaba Rafa Nadal en el año 2008 cuando en la cuarta ronda de Roland Garros el tenista balear acababa de superar a un imberbe, por aquel entonces, Novak Djokovic. El serbio, que había escalado en la clasificación como la espuma en las últimas fechas, no fue capaz de aguantar los pelotazos que desde el fondo de la pista ejecutaba el emperador de París. Caprichos del destino, con Federer en fuerte descenso, Nole, como así le llama su entorno, es en junio de 2013 el mejor tenista del mundo, y el gran rival del siete veces campeón del segundo Grand Slam de la temporada.

Martillear el revés de Federer, aprovechando el hecho de ser zurdo, fue la táctica que convirtió en héroe al joven Nadal por allá por el 2005, tan lejano, y a la vez tan cercano. El mundo del tenis asumía con naturalidad que el de Basilea era el mejor tenista de todos los tiempos, por talento, por títulos, por la elegancia al llevar una raqueta, sin embargo, Rafa Nadal, había logrado desnudar a Federer, tenía el antídoto. Aquella final en París en el año 2008 fue como un choque de manos, entregando el testigo (6-1, 6-3 y 6-0).

Con el recuerdo de ardúas batallas entre ambos tenistas se iba forjando, a la sombra de los dos grandes un David temible. Belgrado había criado una bestia, con un potencial desorbitado, al que la madurez tenística no terminaba de llegar. Pero la puerta fue derribada en 2011. El ogro había crecido y se había convertido en un monstruo de siete cabezas. “El golpea a la pelota cuando todavía está subiendo, apenas puedo hacerle daño”. Ese es el sentir de Nadal cuando se enfrente a su nuevo rival, mientras la táctica podía bastar ante Federer, con Djokovic es otra cosa.

El 2011, la gran temporada de ‘Nole’, fue el año en el que el niño destrozó a los maestros. Hasta en seis grandes finales se vieron ambos tenistas, todas ellas de renombre, y en las seis ocasiones fue el serbio el que terminó alzando los brazos al cielo. El liftado de Nadal, tan letal ante los mortales, era contrarrestado por Djokovic con cierta suficiencia, pasando de defenderse a atacar en un segundo. Especialmente crueles fueron los triunfos del nuevo rey del tenis sobre Nadal en las finales de Wimbledon y US Open, consolidando el cetro mundial del serbio y dejando a Nadal en aspirante, de nuevo.

French Open tennis tournament at Roland GarrosDesde entonces, Novak Djokovic es un martirio para Rafa Nadal, aunque es verdad, que esa diferencia ya no se ha vuelto a ver, y que en 2012 fue Rafa el que trituró a su rival en la final de Roland Garros, donde sumó su séptimo título en la capital de Francia. Sin embargo, el último precedente entre ambos ha vuelto a sembrar las dudas en la esbelta figura del balear. Fue en la reciente final de MonteCarlo, territorio fetiche de Nadal hasta este 2013. La que podía haber sido la novena vez que el español izara su bandera se convirtió en una tarde de entierro para el de Manacor, puesto que Novak Djokovic volvió a desmontar su castillo de naipes.

Y así nos plantamos en siete de junio de 213, fecha en la que una de las grandes rivalidades del deporte actual sumará un nuevo capítulo al libro. Número uno del mundo consolidado de un lado, y el mejor tenista de 2013, con ocho finales en ocho torneos disputados son el bagaje que presentarán mañana ambos tenistas sobre una Phillippe Chatrier que espera con ansia el gran partido del tenis mundial. Preparen el sofá, las palomitas o lo que gusten para su disfrute. El espectáculo va a la cuenta de Nadal y Djokovic.

 

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Un héroe de nuestro tiempo

Pálido comos los antiguos héroes, intenso como los guerreros e inmortal como los dioses de la Antigua Grecia. Tommy Robredo no resiste la emoción y mientras las lagrimas recorren su cara, yace en el suelo de la central de Roland Garros, incrédulo ante la tremenda hazaña que acaba de lograr. Al otro lado de la red, muerto en vida espera Gael Monfils, resignado tras la ardua batalla de más de tres horas. Y al tiempo que ambos caminan a estrechar sus manos la Phillippe Chatrier rompe en una larga ovación, rindiendo pleitesía al mejor partido de lo que llevamos de semana.

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Las grandes gestas del deporte siempre coinciden con grandes historias, por eso el destino ha querido que uno de los nombres propios de esta edición de 2013 de Roland Garros sea el del catalán Tommy Robredo. El gerundense, tras superar una plaga de lesiones que lo mantuvo lejos de la pista casi dos años, sabe lo que ha sufrido por volver a recordar estos momentos. Ayer, en el torneo que mejor lo ha visto jugar, se redimió con su tenis, con su espíritu y liberó la bestia que todavía llevaba dentro.

No era una empresa fácil su cometido. Tommy acudía a la cita con sus 31 años y tras remontar un 0-2 adverso en la anterior ronda ante el incómodo Smycek. A ello había que sumar a un Monfils cargado de pilas tras solventar dos encuentros ante Tomas Berdych y Ernest Gulbis, motivos suficientes para asustarse. Eso y su eterna historia de amor con París, con Roland Garros y con su Pista Central. Añadamos a ello dos primeros sets en la maleta del francés. Solo quedaba la historia, la épica, la leyenda, el mito.

Así que Robredo se agarró a la raqueta más fuerte que nunca y echó una mirada en el tiempo, hasta recorrer todos los malos momentos pasados hasta volver a llegar ahí. Volvió a las pista con el traje de súperheroe en su sitio, con la mirada clavada en los ojos de su rival y decidió que había llegado el momento de atacar a la bestia. Tomó un camino diferente al habitual, se empezó a proteger más el revés, sabedor que eso lo obligaría a correr más quilómetros y renunció a los eternos peloteos, para ser más agresivo que nunca.

La fórmula funcionó de entrada. El gerundense reaccionó en el tercero con ligera comodidad, pero mientras el público francés lo tomó como una mera relajación de su chico el partido parecía que estaba cambiando. Sin embargo, nadie como Monfils sabe manejarse mejor en estos instantes, y en la cuarta manga, desde una defensa titánica aúpo el 5-2 a su favor en el marcador. ¿Sería el final del camino? se preguntaba Robredo…

2013-05-31T180053Z_137126629_SR1E95V1E0QD9_RTRMADP_3_TENNIS-OPEN-MONFILSQué lejos quedaba la respuesta. Hasta cuatro bolas de partido se vio obligado a levantar el tenista español antes de forzar el tie break. Y aprovechó ese momento para ahondar el cuchillo en el pecho del francés. Tocado físicamente y pensando en cómo había dejado que la batalla se alargara tanto, el gerundense lanzaba un primer grito al cielo tras el 7-3 que cerraba el parcial y mandaba el partido al quinto set, donde solo los héroes sobreviven.

Esta no vez ni la Torre Eiffel, ni el Arco del Triunfo, ni los miles de fieles que agitaban al esbelto francés fueron suficientes para derrocar a un Robredo lanzado hacia una de las mejores victorias de su carrera. El español saboreaba su tierra prometida, tumbado sobre ella, como agradeciéndole lo que acababa de hacer por él. Aquel matrimonio que parecía resquebrajarse en los últimos días de la carrera de Tommy ha recuperado la pasión.

Nadal escribe su historia en París

Ni los rivales, ni la lluvia. Nadie puede con Rafa Nadal en Roland Garros. Tan solo un estratosférico Robin Soderling en 2009 pudo tumbar al manacorí en la arcilla parisina en los últimos ocho años. Ni el mejor Federer, ni este Djokovic, ni la plaga de españoles que cada año invaden el torneo. Nadal es el rey de la tierra, el mejor tenista de la historia sobre esta superficie. “Ganará aquí hasta que tenga 60 años” gritó al cielo Almagro hace unos cuantos años. De momento, tenía razón el murciano, sigue ganando. Hoy, tras un parón de un día por la lluvia Rafa Nadal ha mordido por séptima vez la copa de los mosqueteros que lo acredita como campeón de Roland Garros, tras superar al número uno del mundo, Novak Djokovic, por 6-4, 6-3, 2-6 y 7-5.

Era la cuarta final consecutiva de Grand Slam entre el primer y el segundo jugador del ranking mundial. Rafa Nadal llegaba con esas tres derrotas en su haber, pero estaba en su jardín privado, en la rojiza arcilla de la capital francesa, donde es amo y señor. Y así ha vuelto a ser, pese a necesitar dos días para tumbar la resistencia de un gran Djokovic, que ha sabido dar la cara hasta el último instante. Nadal ha derribado el muro que suponía para el Djokovic en una final de Grand Slam, una pesadilla que ha durado casi un año, pero que por fin ha terminado. Sus lagrimas al terminar el encuentro así lo indican. Desde su primera victoria en Roland Garros, Rafa no derramaba lagrimas en esta pista. Es una victoria más, pero muy especial e importante.

El partido no ha tenido el brillo de otros entre ambos tenistas. Las condiciones climatológicas han puesto la pista extremadamente lenta, hecho que favorece los errores y resta potencia en los golpes minimizando los ganadores de los dos tenistas. El español, con un estado de forma envidiable siempre ha sido el que ha llevado el peso del encuentro, mientras Novak Djokovic intentaba aprovechar cada resquicio que dejaba Nadal para buscar sus opciones. Pero tan sólo el incremento de la lluvia en la tarde de ayer hizo tambalearse al español. La humedad de la Phillippe Chatrier restaba altura y potencia al ‘drive’ de Nadal, y ahí el golpe plano de Nole empezó a mandar sobre la pista. Con el partido más igualado que nunca el juez arbitro tomaba la decisión de posponer la final, a petición de ambos tenistas.

Y la reanudación ha vuelto a demostrar lo que todo el mundo ya sabíamos, que Rafa Nadal es absolutamente inaccesible sobre tierra batida cuando está como ahora. Ha roto el servicio del serbio en el primer juego y ha sido capaz de aguantar el tipo hasta el duodécimo juego de la manga, cuando aprovechando el nerviosismo de Djokovic ha apuñalado el partido. Rafael Nadal Parera era campeón de Roland Garros. Una cabeza privilegiada, un físico envidiable y el corazón y el alma de un guerrero. Armas extratenísticas acompañadas de un talento innato para jugar a este deporte. Un deportista encomiable. Una leyenda de 26 años. Y en dos semanas Wimbledon. La única pregunta que me pasa por la cabeza es, ¿Acabará con el récord de Grand Slams de Roger Federer?

Madrid no puede olvidarse de Nadal

Basta de innovaciones baratas, de modelos y de historia. Hablemos de tenis y de tenistas. Tenemos en Nadal al mejor deportista de nuestra historia (creo que este debate es ya esteril) y desde la organización del torneo de Madrid se le está ninguneando hasta límites sobrehumanos. Rafa, desde el primer día, ha acudido siempre a Madrid, con una sonrisa, con la ilusión de un niño pequeño por ganar en “casa”. Siempre ha sido así, y siempre lo seguirá siendo, creo yo, salvo que el torneo siga tratándolo como lo está haciendo. Y no interesa a nadie, ni a Rafa, ni a la organización ni, sobre todo, a nosotros los espectadores.

Por tanto, asumamos nuestros errores y utilicemos la cabeza. Señores Tiriac, Santana y compañía, no pido que escuchen a Djokovic, que también. Escuchen a Nadal, que representa mejor que nadie los valores de un gran deportista y que tenemos la fortuna de considerarlo “nuestro”. Rafa Nadal roga que se cambie la pista azul por la arcilla corriente y moliente de toda la vida, la tierra marrón que tantas alegrías nos da por el mundo cada año. No nos tiremos piedras sobre nuestro tejado, pongamos la alfombra marrón y disfrutemos del mejor Nadal, que para eso está.

Y es que además el torneo no se puede permitir el lujo de “pasar” de Nadal. Si Rafa decide no acudir a las pistas madrileñas la Caja Mágica va a estar semi-vacía hasta las dos últimas rondas, y esto, se ponga el señor Tiriac como se ponga es así. Y más si se añade la baja de Djokovic. Así que se está a tiempo de reaccionar, cambiar la dinámica innovadora y recuperar los signos tradicionales del tenis. Busquemos una tierra batida que convenza a nuestros tenistas  y convenzamos al mundo entero que el torneo de Madrid está a la altura de los grandes acontecimientos deportivos del mundo. Y que nos represente Nadal, que no hay otro como él.

La batalla de nuestro tiempo

La noche abrazó al día, y cogió su téstigo al paso que marcaban Nadal y Djokovic sobre el cemento australiano. La luna iluminaba Melbourne y dos estrellas peloteaban en la Rod Laver Arena instantes antes de que diera comienzo la séptima final entre las dos primeras raquetas del ránking mundial. El despertador de los españoles se adelantó este domingo para saborear la festiva mañana disfrutando de nuestro guerrero particular. El ogro Djokovic había atormentado el sueño de miles de españoles esa noche, las seis últimas derrotas golpeaban cada músculo del cuerpo de Nadal y la sed de venganza recorría las venas de cada aficionado español al tenis. Una nueva oportunidad se presentaba ante sí. El nuevo Rafa Nadal estaba dispuesto a regresar a la gloria y a tumbar a su nuevo enemigo.

Todo esto como antesala de un partido mágico, de una final absolutamente maravillosa que confirma a Djokovic como número uno pero que devuelve a Nadal las sensaciones de siempre. Un partido disputado a tumba abierta, sin miedos, sin temores. Una oda recitada y bien recibida por el tenis, un canto a este maravilloso deporte al que cada final de estas va recibiendo adeptos. Djokovic, el invitado de honor en la era Nadal-Federer ha derribado la puerta definitivamente. Estoy aquí y me voy a quedar para mucho tiempo. “Deberíamos haber ganado los dos” fue el final del discurso de Djokovic tras recibir el trofeo de campeón. No hace falta decir nada más.

Y es que ahí estaba él, seis horas después de empezar a pelotear, Djokovic desgarraba su camiseta, se tiraba al suelo exhausto, incrédulo, campeón. Lo había vuelto a hacer, sufriendo como nunca, ante un gigantesco Rafa Nadal que hizo de tripas corazón para alargar la final más épica de nuestro tiempo. El gladiador de Manacor, una vez tras otra contra las cuerdas, había sacado soluciones siempre hasta que una derecha del número uno le hizo claudicar. Nadal no movía ni un músculo, su mirada se perdía en el horizonte. “No sé ni cuanto tiempo hemos estado jugando, pero pensaba que esto no iba a terminar nunca”, apuntaba Nadal nada más finalizar el partido y con el rostro desencajado por el inhumano esfuerzo realizado. Un abrazo entre ambos llevó el delirio a un público absolutamente asombrado de lo que acababa de presenciar. La mejor final de la historia del tenis se acababa de terminar. La mejor final de la historia del tenis, han leído bien. Ahí es nada.

La batalla de la década

El día nacional de Australia ha vuelto a encumbrar una nueva batalla entre los dos mayores guerreros que el tenis moderno nos ha dejado en herencia. Roger Federer se presenta imperturbable en la pista, repartiendo a derecha e izquierda, asesinando a su rival en cada golpe, mientras, al otro lado de la red Rafa Nadal corre un gamo, de lado a lado devolviendo cada mísil del suizo, como antaño. El mancorí, con su tenis recién moldeado, va recuperando sensaciones perdidas en cada punto que pasa, Federer por su parte ve como la sombra de su rival se alarga con cada minuto que el reloj avanza. Con las espadas en todo lo alto unos fuegos artificiales detienen la batalla para conmemorar el día australiano, Federer espera en su esquina botando la pelota, imperturbable, sin mover un músculo, Nadal se mueve como una gacela, no se permite un mínimo de relajación. La batalla de los signos estaba cayendo del lado del de Manacor. El mejor Nadal ya estaba de vuelta en la central.

Los primeros veinte minutos reflejaron el inicio de torneo del suizo. Magistrales. Una colección de ganadores sin pausa, con la palabra error fuera del diccionario del helvético. “Cuando Federer está fino solo te queda mirar y esperar” Así resumía Nadal el inicio de partido del suizo. Y eso hizo Rafa, agarrarse a la pista como mejor sabe y empezar a capear el temporal poco a poco. Pero el gladiador español tiene ganada la batalla mental de antemano y al mínimo resquicio que Federer permite Nadal asalta su servicio y lleva el set al extremo, a la muerte súbita. Un set que Federer debería haber cerrado en media hora, se alargaba y ponía en dudas su mandato sobre la pista. Pero parecía el día de Roger, un tie break magistralmente jugado le otorgaba la primera manga y mandaba un mensaje a Nadal. Esta vez sí, esta vez me toca a mi.

Pues tampoco. Espoleado por el torrente tenístico ofrecido por el suizo en el primer acto del partido Nadal empieza a sacar sus virtudes a relucir desde el inicio del segundo set. Velocidad endiablada en sus piernas, recuperaciones magistrales y un drive torturador para empezar a desgastar la resistencia del ex número uno. Antiguas dudas empiezan a asaltar la cabeza de Federer que ve como Nadal crece a cada golpe que conecta con sus cuerdas. El partido ya está igualado a un set pero desequilibrado en sensaciones. El español se vuelve a sentir dominador de un partido de los de verdad y la raqueta de Roger empieza a despedir más errores que aciertos . Un nuevo partido comienza.

El tercer set fue, como tantas otras veces, la clave. Un set jugado de poder a poder, sin miedos, sin concesiones y a tumba abierta. El primer bocado lo daba Roger rompiendo a Nadal para situarse con 4-3 y servicio pero en esos momentos mentalmente se le reproduce un viejo trauma que no es capaz de derrumbar. La colección de derrotas ante Nadal empieza a hacerle mella y encadena una sucesión de errores que devuelve la igualdad al marcador. El drama estaba servido otra vez, otro set a la muerte súbita. Con sensaciones diferentes, con un Nadal cada vez más metido en la pista el resultado iba a cambiar. Una derecha larga condenaba al suizo a tener que intentar la remontada. “Vamos” gritaba un Nadal enfurecido, el Nadal de siempre.

El orgullo de Federer le impidió irse del partido pero Nadal ya era Nadal y Federer no era tan Federer. Los papeles estaban cambiados. Roger empezaba a sufrir en el fondo y Rafa cada vez estaba más metido en la pista. Con los dos rostros desencajados por el sufrimiento y el cansancio los servicios se iban imponiendo, no sin esfuerzo, a los restos. Pero llegó el cuatro iguales y Nadal activo el modo destructivo, sacó el gen ganador que muy pocos tienen en vida y rompió al helvético para terminar cerrando el partido con su saque, tras levatar tres bolas de break, sufriendo, tirando de casta y de épica. Combinando el nuevo moldeado con la antigua versión guerrera. Se fue al suelo Nadal al ver que Federer mandaba fuera la última pelota, no había ganado la guerra pero si una batalla fundamental. Para los dudosos Nadal sigue aquí, nunca se fue y no tiene pinta de hacerlo en breves.

El mensaje está mandado, el destinatario es Djokovic, “he vuelto, voy a por ti” parece ser el recado que Rafa deja a Nole hoy. Mañana a primera hora el serbio tiene en su poder aceptar el reto del rival y citarse en una nueva final de Grand Slam confirmando la nueva batalla del tenis. Para eso tendrá que derribar el muro que va a imponer Andy Murray, el invitado de excepción a esta fiesta. El escocés está en un gran momento de forma, con la esperanza de que su nuevo técnico, Ivan Lendl, le lleve a una gloria desconocida para él. “En la final quiero al que vaya a jugar peor” ironizaba Rafa sobre su próximo rival. Sea quien sea sabemos que Nadal nos brindará otra batalla legendaria, y si la pierde volverá, y volverá. Un día iremos al diccionario y al encontrarnos con la palabra coraje aparecerá su foto. Solo podremos sonreir.

Un día me enamoré de Roger Federer

El cuerpo erguido, la raqueta pegada a su lado y la mirada perdida. Así se encontraba Roger Federer, sentado en su silla justo antes de servir para derrocar a Bernard Tomic, la nueva perla del tenis mundial. El maestro y el alumno aventajado compartían pista pero no sensaciones. El helvético le estaba ofreciendo una nueva clase maestra, la enésima de su carrera y el joven australiano sólo podía mirar y aplaudir los golpes geniales del de Basilea. “Que no tenga prisa, será uno de los más grandes”. Así resumía el partido Federer nada más concluir, y seguramente esté en lo cierto, no seré yo quien ose quitarle razón al tenista más grande de todos los tiempos.

Pero no es del partido de hoy de lo que yo os quiero hablar, sino de uno de esos deportistas por los que uno “mataría”, por los que uno ama el tenis, Roger Federer. Y para ello tengo que remontarme al año 2003, cuando un chico como yo, tan normal, con mis 15 años recién cumplidos degustaba el primer gran partido de Roger Federer que hay en mi memoria. Era una cálida tarde de julio y Andy Roddick, un bombardero norteamericano salido del horno se presentaba como una temible amenaza para Federer en las semifinales de Wimbledon. Ahí me enamoré del suizo, de su elasticidad, de su estética, de un tenis que hasta ese momento desconocía. Federer estaba apalizando a Roddick y lo estaba haciendo sin sudar, elegante. Apenas pude pestañear durante hora y media.

Fue un shock para mi disfrutar de aquello. Había crecido con los misiles de Sampras, con la excentricidad de Agassi o el sacrificio de guerreros como Bruguera o Courier y, de repente, de la noche a la mañana surgía Federer. Todo cambió, el tenis no era un deporte, era arte. La derecha, el revés, el elegante movimiento al servir, su desplazamiento, todo era diferente, todo era mejor, todo era especial. Aquel día cenando miré a mi padre y le dije: “Papá, Federer será número uno del mundo pronto”. Me miró con ternura, tampoco él había asimilado el fenómeno Federer, un fenómeno al que diez años más tarde, osease hoy, venera y admira por encima de cualquier otro deportista.

Aquel Federer dista mucho del que hoy conocemos. Han pasado nueve años, 70 títulos y 16 Grand Slams. Se dice pronto. Tengo que admitir que me he emocionado con más de uno de sus logros, que he disfrutado la mayoría y que he aplaudido todos ellos, porque aquella tarde de julio construí un mito en mi cabeza que luego confirmarían las pistas. En el fondo me duele que Federer haya sido tan grande pues poco después de conquistar aquel Wimbledon empezó a ser admirado por un mundo entero lleno de resultadismo y alejado de la vieja estética del tenis que tan bien representa el genio de Basilea.

Y esto es sólo un breve homenaje a uno de esos ídolos ocultos que uno mantiene en clandestinidad, sólo es una de esas historia que considero interesante compartir con la gente, ¿por qué acaso tú no tienes tus héroes? ¿O es qué nunca te has emocionado? Yo un día me senté a disfrutar del deporte de mi vida y dos horas más tarde me levante queriendo ser Federer. Hoy, nueve años después ya no quiero ser Federer, ni tampoco parecerme a él. Solo le pido que me siga brindando pequeñas gotitas de satisfacción con cada drive paralelo que coloca en la línea de fondo.

De Ferrero a Nadal, una historia inolvidable

Rebozado sobre “su” tierra prometida, como once años antes había hecho Juan Carlos Ferrero inaugurando el palmares español en la Davis. Así estaba Nadal en la Cartuja, exhausto, sin aliento y con lagrimas acariciando sus ojos. Lo había vuelto a hacer él, era el héroe nacional una vez más. España estaba rendida ante el manacorense, que libró su última batalla ante Juan Martín Del Potro para dar a España su quinta copa Davis y poner un punto y seguido en un ciclo tenistico maravilloso.  Ferrero abrió el horizonte en el año 2000, otros como Moyá, Verdasco o Feliciano llenaron de gloria a España y Nadal, quién sino  ponía la guinda del pastel en otra tarde para el recuerdo del deporte español.

Ferrero, aquel mosquito incansable, tumbó a Hewitt y elevó a España a una cota que todavía estaba por alcanzar. Andres Gimeno, en su cabina, lo voceó “ya la tenemos”. Habían sido muchos años de sin sabores, de derrotas duras y, por fin, aquel grupo comandado por Javier Duarte en el banquillo se alzó con la gloria. En once años han llegado cuatro más, todas fruto de un trabajo formidable del equipo español. Fue Moyá el gran artífice de la segunda en Sevilla, con un Nadal imberbe que tuvo su primera gran tarde de gloria derrotando a Roddick en el partido inicial. Charly, su compatriota cerró ante el propio Roddick la segunda ensaladera. La historia hablaba ya español. El mundo del tenis estaba asombrado de un presente fantástico y de un futuro en las manos de prometedor Rafael Nadal, que apuntaba a ser un huracán.

Pero el gran hito de este equipo se escribió en Mar de Plata (Argentina) en 2008. Esa fue la final que catapultó nuestro tenis. Enfrente estaba un equipo argentino liderado por Nalbandian, número 4 del mundo por aquel entonces y un Del Potro que ya venía avisando de lo que luego sería. Para más inri Rafa Nadal no pudo acudir a la cita y Ferrer fue maltratado tenisticamente hablando por Nalbandian en el primer punto de la serie. Con todo perdido se irguieron las figuras de Feliciano López y Fernando Verdasco para tumbar al coloso sudamericano. Fue “Feli” el que golpeó primero ganando a Del Potro y los dos juntos nos acercaron al milagro tras un doble formidable. Y el domingo Verdasco culminó la machada tras un maratoniano partido ante Acasuso. Era la tercera, la más dificil, la más especial. El reino de España se expandía.

Mucha menos historia tuvo la final de la cuarta. Los checos nunca fueron rival para un portentoso equipo español liderado por Nadal. Pudo alargar la final Stepanek, que surgió como un huracán ante Ferrer pero que tuvo que claudicar ante el gladiador alicantino. El “Ferru” remontó dos sets abajo como tanto le gusta, a base de correr, de devolver bolas pérdidas y de creer siempre. Ganó y sirvió en bandeja de plata la eliminatoria para que Verdasco y Feliciano, un año después, confirmaran la hegemonía española. Y no fallaron.

Y llegó 2011, y llegó Nadal a la final, con dudas, con cansancio acumulado. Y dio igual. Pese a la peor versión del doble español Nadal y Ferrer han sido dos colosos, que nos ofrecieron dos partidos increíbles ante el gigande de Tandil, herido en su orgullo y peligroso como nunca. Se vació ante los nuestros, disparó bolas a las líneas para tumbar a la resistencia española ,pero acabó resignado ante la brega y el talento de Nadal y Ferrer. Del Potro salió de la Cartuja entre sollozos los dos días, los sollozos de un tenista espectacular, enorme, que engrandeció la quinta copa Davis del tenis español. ¿Es demasiado dar las gracias?

Nadal y Ferrer al asalto de Londres

La temporada tenistica se cierra esta próxima semana, amén de la Copa Davis, con el prestigioso torneo de maestros que, una vez más, se disputará en Londres con los ocho mejores tenistas del año, es decir, Djokovic, Nadal, Murray, Federer, Ferrer, Tsonga, Berdych y Fish. Ocho gladiadores que buscan poner el broche a la temporada. Desde el próximo domingo se enfrentarán en dos grupos de cuatro para posteriormente jugar las semifinales y la gran final, que pondrá la guinda a una temporada dominada de cabo a rabo por el serbio Novak Djokovic, que es el gran favorito.

El sorteo ha emparejado a Rafa Nadal con Federer, Tsonga y Fish. El torneo nos vuelve a ofrecer, por tanto, una nueva oportunidad de revivir ese clásico entre Rafa y Roger, que ya forma parte de la leyenda del deporte mundial. La rivalidad empiece a florecer y hay que disfrutar de cada partido que nos quede. Sin embargo, Tsonga y Fish parecen dos rivales asequibles para el manacorí, pero no hay que olvidar que el francés viene de jugar la final del Master 1000 de París y que Fish en este tipo de pistas es un jugador siempre complicado y ya ha vencido a Rafa este año. No será fácil, seguro.

En el otro lado del cuadro David Ferrer no ha corrido tanta suerte con los contrincantes. Murray y Djokovic se presentan como dos ogros demasiado duros para un Ferrer al que sigue costando un mundo derrotar a los rivales que están por encima suyo en el ranking ATP. La realidad es que los dos llegan con dudas, Nole parece algo afectado físicamente tras una temporada agotadora y Murray ha cosechado un par de derrotas inesperadas en sus últimos torneos. Además de ellos dos el tercer rival en cuestión será el checo Berdych, al que Ferrer estará obligado a vencer si quiere tener opciones de estar en semifinales.

Legendario

Hace muchos, muchos años, por allá por el siglo XIII se empezó a jugar a tenis, primero con la mano y poco después con una raqueta. En aquellos tiempos sus primeros jugadores jamás podrían pensar que a este fantástico deporte se podría lograr la perfección que alcanzaron ayer en la final del US Open los dos colosos del tenis mundial: Rafa Nadal y Novak Djokovic. Ambos brindaron una final antológica, llena de golpes imposibles y que hicieron las delicias de un público neoyorquino entregado a la calidad y la fiereza de los números uno y dos del tenis. Triunfó Djokovic, como en las cinco finales anteriores del año, y lo hizo haciendo gala de un talento inigualable para el resto de mortales. Pero Nadal, nuestro Nadal, volvió a engrandecer su figura como tenista, y especialmente como deportista, dando una lección de pundonor, de entrega y de orgullo sabiéndose inferior a Djokovic pero luchando hasta que las fuerzas dijeron basta.

El partido arrancó con Nole desatado, ejecutando golpees de un lado a otro sin dejar respirar a un Nadal totalmente desbordado y sin soluciones con las que afrontar los juegos. Fue 6-2. Los presagios no eran buenos. Pero Nadal es Nadal y no bajó los brazos, jugó un gran segundo set, siempre por debajo, siempre a contracorriente y aguantó hasta el cuatro iguales donde el serbio volvió a incrementar su precisión y mandó al de Manacor a la lona nuevamente.6-4. Nadal se arremangó, tiró de épica y buscó la gloria dando un paso hacia delante en su tenis. Cuando se vio “break abajo” en el tercero decidió que era el momento de ser agresivo y empezó a intentar mandar. Desde ese instante vimos un tercer set memorable, una hora y cuarto de delicioso tenis, de golpes a las líneas, de passings imposibles, de globos ganadores…de todo, de un lado y del otro. Un set para la historia. Y se lo llevó Rafa, en un tie break donde volvió a bordar el tenis y desarmó al serbio durante un instante. Pero no fue suficiente. El físico no le aguantó a Rafa y sus isquiotibiales se resintieron pasadas las cuatro horas de correr, correr y volver a correr. Nole no bajó el pistón y aplastó a Nadal en el cuarto set con un contundente 6-1. Pleitesía para el campeón, admiración para el finalista.

De lo que nadie tiene ya ninguna duda es de la fuerza mental de un Nadal, que una vez más volvió a unir a España. Anoche, todos eramos Nadal, todos coreabamos el VAMOS RAFA!!, todos vitoreamos cada golpe ganador de Nadal y todos aplaudimos cuando Rafa, exhausto, hincó la rodilla ante el número uno del mundo. Un antiguo refrán lo decía “Cuando uno da todo lo que tiene, no está obligado a más”. Rafa dio todo eso y más si cabe para intentar derrocar a su último reto, a su última pesadilla. No lo pudo hacer pero promete seguir luchando. Todos sabemos que será así. Que viva el tenis y que llegue pronto Australia 2012.

 

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