La magia del Joux Plane

Vincenzo_Nibali-ciclismo-Tour_de_Francia_LNCIMA20140718_0082_28Con el Tour de Francia recién acabado  y con la sonrisa triunfante de Nibali todavía en nuestro recuerdo es un buen momento para echar la vista catorce años atrás y aceptar aquel viejo proverbio de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Seguramente esto no sucede en el ciclismo si nos ceñimos a ver las cosas desde el prisma opaco que ha supuesto el dopaje. Hoy mismo podíamos leer en JotDown un artículo donde se dispara con bala al Astaná de Vincenzo Nibali o a la figura de  Chris Froome, dejando indemne a nuestro campeón Alberto, por aquello de ser un deportista español de élite. ¿Por qué al ciclista se le puede acusar sin pruebas? ¿Por qué a uno sí y a otros no?

Pero aquí no hemos venido a hablar de eso, sino a olvidar el envoltorio y rememorar uno de los días más grandes que el ciclismo me ha brindado hasta hoy. Aunque esta es una historia de final agrio, el transcurso de aquel soleado 18 de julio llenó de ilusión el corazón de un niño de 13 años cuyo cariño por Roberto Heras, en el año 2000, era similar al que hoy día siente por Rafael Nadal. No recuerdo si el calor era más asfixiante en mi casa, en mi comedor o en las rampas de uno de los grandes colosos alpinos, el Joux Plane.

Para contextualizar esta historia, os llevo hasta 1999, hasta la misma Aprica, en la falda del Mortirolo, esa gran cima a la que temen los corredores cuando el Giro les obliga a escalarlo. Con Pantani gobernando la carrera, el día que la ronda italiana debía subir el Mortirolo el dopaje sacudió los cimientos de “il pirata” con un positivo que enturbiaba a uno de los más grandes deportistas del momento. Entre tanto barullo, Roberto Heras se convirtió en el héroe del día y de aquel Giro. Ganó la etapa reina, finalizó la general en quinta posición y enamoró el corazón de un Israel de doce añitos. Ese día lo tuve claro, “quiero que Roberto Heras gane el Tour de Francia”.

La etapa de Morzine, con el Joux Plane como plato final, era la última cita con la alta montaña del Tour de Francia del año 2000. Fue una jornada para el recuerdo. Marco Pantani se lío la manta a la cabeza y, tras su victoria el día anterior en Courchevel, lanzó un ataque de salida buscando sacudir la general de la carrera. Armstrong y los suyos no lo permitieron y en menos que canta un gallo el grupo se plantó en las primeras rampas de la última ascensión del día. Y entonces ocurrió.

TOUR

Fiel a las tradiciones, yo ya llevaba puesto el bañador, tenía a mano la toalla y la bicicleta me esperaba en el garaje. Una vez finalizara la etapa iría a la piscina, sin embargo, nada ni nadie me hacía pestañear en aquel momento. Beloki, Heras y Christophe Moreau peleaban por subir al podio de París y, con la fuga echada abajo, la victoria de etapa no tenía dueño. En la primera rampa ví como Roberto subía posiciones y encabezaba el grupo. “Quiere descolgar a Moreau”, pensé. Pero la realidad dejó una imagen para la historia, mostró la primera debilidad de Armstrong, una gran crisis de Jan Ullrich y el final de Moreau. Solamente Virenque fue capaz de soportar un ataque de los de antaño, de los de los años 80. Sin acelerar, a ritmo.

La cima de aquel puerto coronó a Roberto Heras como uno de los más grandes escaladores de los últimos tiempos, sin embargo, la bajada le privó de una victoria que mereció y de un podio que acarició con la yema de los dedos. Con la pancarta de dos quilómetros ya por detrás suyo, una curva mal medida, un frenazo un segundo tarde y todo se fue al traste. Yo me senté, me desesperé, no quería seguir viendo aquello. ¿Por qué tuvo que suceder de aquella manera? Años más tarde viajé a Morzine en coche y me detuve en aquella curva, la fotografié, ¿por qué?

 

Anuncios

Una tormenta perfecta

Es uno de los silencios más impactantes que recuerdo, millones de flashes se disparaban sobre sus cabezas, sobre sus aguerridos cuerpos. Y allí estaba él, en sus tacos de salida, sin ser consciente de que estaba a punto de romper un cronómetro, de triturar el tiempo, de protagonizar uno de los grandes momentos en la historia del deporte. No hablo de Usain Bolt, ni siquiera de Maurice Greene o Donovan Bailey, aquella era la carrera de Michael Johnson.

Si ahora no entiendo demasiado, en los Juegos Olímpicos de Atlanta de 1996  con tan solo nueve añitos, supongo que no tenía ni idea de atletismo, de lo que significaba correr en tantos minutos o en tantos segundos. Sin embargo, al igual que me gusta ahora disfrutar de los mejores atletas del mundo, por aquella época me dedicaba a admirar las carreras cortas y explosivas, y aquella noche todo el mundo hablaba de él, de un americano que estaba dispuesto a cambiar la historia de ese deporte.

Johnson, que se presentó en la prueba como campeón olímpico de 400 metros, tenía que batir a dos pesos pesados del atletismo como Frank Fredericks, segundo aquella noche, y  Ato Boldon, medalla de bronce. Su característico estilo, del que se decía que corría como un pato, por la postura inclinada siempre hacía detrás de su cuerpo, llenó las portadas de todos los periódicos del mundo, acompañado de una foto con el tiempo final de su carrera, 19 segundos y 32 centésimas. Se hablaba de que era una carrera de otra época, de que era un auténtico extraterrestre.

Aquí os dejo una prueba visual de la carrera, narrada con una técnica exquisita y unos comentarios acertadísimos del referente periodístico número uno en este país (de pandereta), Josep Pedrerol. Observen la intensidad y la admiración que profesa a un Michael Johnson que acababa de dejar una marca para la historia, que se iba a prolongar durante 12 años, hasta que el jamaicano Bolt, en los juegos de Pekín en 2008, rebajase en dos centésimas ese récord del mundo.

No voy a dudar ni a titubear a la hora de deciros que esa es una de las carreras que más me ha impresionado a lo largo de mi vida. Y os aseguro que he disfrutado de la plenitud de históricos como Hicham El Guerrouj, Haile Gebreselassie y los ya mencionados Donovan Bailey, Maurice Greene o Usain Bolt. Entre todas estas leyendas del deporte, aquellos 19’32 de Michael Johnson siempre tendrán un rinconcito en mi cerebro.

Recuerdo haber visto la carrera en solitario, con la brisa que suele recorrer  la madrugada azuebera entrando por el balcón de mi casa. Son fechas especiales en mi pueblo, puesto que cada cuatro años, junto con las fiestas patronales  hay que sacar el tiempo necesario para disfrutar de este tipo de acontecimientos. Por suerte, o por desgracia, a mis nueve años de edad, Michael Johnson, una pista de atletismo y una buena coca cola me seducían más que una noche de fiesta y una botella de alcohol. Vamos, como ahora.

 

Entre la ilusión y la desesperanza

El Mont Blanc, esa inmensa mole de nieve y de belleza, fue testigo de como Israel Molina se fue llorando a la cama aquel 22 de abril de 2003, en plena Semana Santa. La Liga de Campeones se había vuelto a cruzar en el camino del Barça, y la ilusión se convirtió en una pesadilla. La realidad nos lleva a un escenario muy diferente al habitual, Les Houches, un pueblo más bonito que pequeño situado en la falda del coloso Alpino y con una temperatura que apenas superaba los cinco grados. Metido en el Chrysler de mi padre allí estaba yo, escuchando la vuelta de aquella eliminatoria de cuartos de final entre el Barcelona y la Juventus de Turín.

Un gol del ‘conejo’ Saviola en Italia había empatado el encuentro y otorgaba una mínima ventaja al equipo de mis amores para la vuelta en el Camp Nou. Yo me levanté nervioso por dos motivos. En nuestro viaje alpino, aquella jornada tocaba visitar Galibier y Madeleine, dos de los grandes pasos del Tour de Francia, sin embargo, un poco más en el fondo de mi mente visualizaba el templo azulgrana y ese partido de vuelta que no me dejaba descansar plácidamente durante las noches previas. Había miedo.

A cuatro quilómetros de la cima del Galibier, una vez ascendidos casi 2000 metros de desnivel, un cartelito anunciaba nuestro final “fermé”, es decir, que nos imposibilitaban subir hasta la cima del puerto por la nieve caída en las últimas horas. Era un mal augurio, sin duda. Aquello se repitió en las rampas finales de la Madeleine, aunque por suerte, después de una copiosa comida en Albertville, sede de los juegos olímpicos de invierno de 1992, por fin pudimos escalar de manera completa otra de las grandes llegadas montañosas de la ronda francesa, Courchevel. ¿Había mejorado la suerte conforme se acercaba la hora del partido?

La llegada al hotel fue más rápida de lo habitual, al igual que la ducha y la cena (merece la pena recordar que en Francia a las 20:45 cuando empieza la Champions la gente está más cerca de meterse en la cama que de cenar), así que mi padre y yo nos subimos al coche en busca de cualquier lugar donde se retransmitiera el fútbol. Visitamos todos y cada uno de los bares, restaurantes y cafeterías de Les Houches, y también los de Chamonix. La mayoría de ellos estaban cerrados, y los otros sin un televisor con el fútbol sintonizado. A toda prisa enchufé  la radio del coche, pasé de una emisora a otra hasta que por fin, dí con una francesa donde se estaba narrando el encuentro. Coche aparcado frente a la puerta del hotel, dos chaquetas para mantener el calor y a sufrir con el fútbol.

Supongo que muchos de vosotros os acordaréis del final de la historia. Nedved adelantó a la Juve, Xavi empató con un buen disparo de fuera del área y el partido se fue a la prórroga. Mi padre de vez en cuando encendía el coche para poner la calefacción, el frío era horrible, apenas entendíamos los nombres de los futbolistas y el cansancio se empezaba a apoderar de nosotros. Pero mandaba el partido. Al final, cuando me preparaba para la peor tanda de penaltis de mi historia sin poder verla, se unieron los nombres de Zalayeta y gol. Todo había terminado. Solo quedaba llorar y dormir.

La mañana siguiente amaneció preciosa, yo saqué la cabeza por la ventana y me quedé fijamente mirando las nieves perpetuas del Mont Blanc, pensé “qué pena”, y nos dirigimos a otro día de ilusión por delante, teníamos Alpe d’Huez y Deux Alpes marcados en rojo para una nueva jornada alpina llena de esperanza pero también de tristeza. Habría que esperar 3 años más, en 2006, con Ronaldinho, Eto’o y Messi para recuperar la amada Liga de Campeones, pero esa es otra historia que contar.

Yo vi perder a Rafael Nadal

Si hay un deporte que me ha robado horas de sueño, me ha perseguido por cada esquina y me ha conquistado cada día de mi vida ese es el tenis. Como aficionado al fútbol, ciclismo, baloncesto, golf, atletismo…han sido muchas las veces que me he tenido que enfrentar a la siguiente pregunta; “de todos, ¿cuál es tu deporte favorito?” Y nunca he dudado a la hora de responder, el tenis. Y todo eso antes de que entrara en escena Rafael Nadal, que a partir de 2005 se iba a convertir en un espejo donde mirarme.

Acudí durante tres años consecutivos al Masters de Madrid a ver a las mejores raquetas del mundo. Tuve el placer de disfrutar de un Federer que ya caminaba hacia la leyenda, de despedir a uno de los más grandes de la historia como Andre Agassi o de disfrutar del valenciano Juan Carlos Ferrero, en aquel entonces el gran rival de Andy Roddick, dominador de la temporada 2003. Sin embargo, este cuento nos va a trasladar a Valencia, a su tímido Club de Tenis, donde incluso un principiante como yo ha cruzado pelotas en diversos campeonatos.

Era el año 2005, temporada en la cual Rafa Nadal iba a sumar 11 títulos y, además, iba a escalar hasta el puesto número 2 del mundo, solamente por detrás de Roger Federer. El balear venía de jugar su primera final de Masters 1000 en Miami frente al propio jugador suizo y arrancaba la temporada de tierra batida en Valencia, donde se esperaba la presencia de ese chico que estaba revolucionando el mundo del tenis. Con su camiseta sin mangas, una larga melena y una cinta en el pelo, el mallorquín era la gran esperanza para el deporte español.

Con un plato de arroz al horno presidiendo nuestra mesa, una de las especialidades de mi madre, se forjó este cuento. Ella, poco iniciada en materia deportiva, lanzó una pregunta que ha hecho un millón de veces. “¿Cómo es posible que haya tenis todos los días del año? ¿Dónde están jugando ahora?” La respuesta que dimos mi padre y yo cambió su gesto y una bombilla debió iluminarle la cabeza. “Id esta tarde”, dijo sin titubear y sin pensarlo en exceso.  Yo sonreí porque me gustaba la idea y mi padre no puso reparos. A la aventura.

Consultamos el horario del día y en apenas media hora empezaba Rafa Nadal frente a Guillermo García López, así que la comida fue más rápida de lo habitual y en cuarenta minutos estábamos en la capital del Turia. Rodeamos el parque de los Viveros, donde aún hoy se encuentra el club de Tenis Valencia, pero aparcar parecía imposible. Fue esta vez mi padre quien propuso el plan, “te bajo en la puerta y vas comprando las entradas. Aparco y vengo. Espérame”. Pero ese día, sea como fuere, la fortuna estaba de mi lado.

Nada más bajarme del coche, una señora de entre 50 y 60 años se acerco a mi, “¿vienes a ver el torneo?”. La respuesta era obvia, pero añadí un “¿Quién está jugando ahora?”, a lo que ella respondió, “el chico jovencito este de la melena. Yo es que me tengo que ir ya, quédate con la entrada y puedes pasar”. Tengo que reconocer que dudé, moría de ganas por entrar y hacerlo gratis pero no sabía si mi deber como hijo era entrar o esperar. Así que acepte el regalo y pasé al plan B. Me acerqué a un guardia de seguridad que estaba en la puerta y le explique detalladamente la historia, le conté que si venía un hombre con barba negra, alto y delgado que le dijera que su hijo estaba dentro ya.

Instantes después nos reunimos los dos en la pista, yo llegue con el 2-1 para Guillermo, mi padre con el 4-3, pero ambos vimos como aquel día Rafael Nadal Parera perdía un partido en tierra batida. Desde aquel 2005 hasta hoy Rafa ha ganado 14 Grand Slams, ha batido millones de récords, entre los que se encuentra el de victorias consecutivas sobre arcilla, sin embargo, mi padre y yo lo vimos perder. Se mire como se mire, presenciamos un trocito de historia del tenis.

Una canasta de cartón

Vivir en un pueblo pequeño tiene muchos inconvenientes, pero también una serie de ventajas que la mayoría de niños y adolescentes de las grandes ciudades no pueden disfrutar. En Azuébar, unos 300 habitantes llenan sus calles, rara es la familia que no dispone de un amplio garaje en el que guardar sus coches, los sacos de almendras o los millones de trastos que se acumulan con el paso de los años. Al mio, que fue durante muchos años una especie de polideportivo particular, aquel verano de 1996 le iba a llegar un regalo muy especial.

En agosto, en plenas fiestas del pueblo, entre meriendas, toros y orquestas yo sacaba tiempo de donde podía para enchufarme a un televisor y disfrutar de cualquier acontecimiento deportivo de los JJ.OO de Atlanta. Más tarde me enteré que desde el punto de vista de la organización y demás, fueron bastante catastróficos y que eso permitía a los españoles presumir de Barcelona’92, puesto que seguían siendo considerados los mejores, hasta que Sidney y la tecnología nos llenaron los ojos de ilusión y de fantasía.

Como en 1992 apenas me contemplaban 5 añitos, no pude disfrutar nada de Barcelona, pero recuerdo que mi padre siempre me hablaba del Dream Team, de un equipo de ensueño que en la ciudad española se exhibió en el deporte de la canasta, que nunca se había visto nada igual y que todo parecía indicar que muchas de sus piezas iban a repetir en Atlanta. Todo el mundo hablaba de ello por las calles. Era uno de los grandes atractivos de los juegos. Hay que poner en contexto, como ya se ha hecho en otros cuentos, que hablamos de 1996, que está ahí cerquita, sí, pero entonces los móviles eran las tablets de ahora e Internet una cosa futurista que solamente gastaba James Bond. Vamos, que la NBA la veían cuatro privilegiados entre los que yo no me encontraba.

Así que el día de su debut, pasadas las dos de la mañana horario español, agarré una lata de Coca Cola y me senté a disfrutar de ellos, con Ramón Trecet en los comentarios y mis padres resistiendo el sueño entre bostezo y bostezo. Apenas había visto un par de partidos de la NBA, pero aquel día quede impresionado ante O’Neal, Olajuwon o Karl Malone. “Falta el mejor, falta Michael” se escuchaba una y otra vez. Obviamente yo ya había visto jugar y ganar a Jordan, pero competía ante iguales. Esto era otra cosa. Esto era un aplastamiento.

Durante aquellos días, yo bajaba a mi polideportivo y amontonaba cajas de cartón que encontraba por la calle, o que mis padres tenían por casa. Cuando alcanzaba una altura suficiente me ponía a tirar a “canasta”. A veces venía gente a casa y mi madre les enseñaba mis aficiones. No quiero ni pensar que pensaría esa gente de mi. Entonces no me preocupaba aquello, yo solo insistía en imitar el gancho de Olajuwon, el peculiar tiro de Reggie Miller o los movimientos de espalda de Shaquille O’Neal. Me parecía realmente difícil lo que aquellos tipos hacían con una naturaleza y una superioridad nunca vistas.

No pude ver todos sus partidos, pero sí que saqué tiempo para la final. Y es que durante el torneo olímpico un grupo de jóvenes yugoslavos había robado portadas y protagonismo a las grandes estrellas de la NBA. Jugadores como Vlade Divac, Dejan Bodiroga o Danilovic habían eliminado a la Lituania de Sabonis en las semifinales y se postulaban como serios candidatos a cambiar la historia del deporte. Por delante cuarenta minutos para la gloria, mi lata de coca cola y yo presentes y los graves de Ramón Trecet para amenizar la velada. Y una abominación.

En 69 puntos se quedaron los ahora serbios, que no pudieron hacer frente a una selección que no mostró su verdadero potencial hasta aquel día. Como diría Lobato, “si parpadeabas, igual te perdías un mate, un tapón o un triple”. 95 a 69 y porque los últimos minutos sobraron. Todos estaban contentos y felices al acabar el partido, unos por haber cumplido con lo establecido y los otros por haber llegado hasta donde los humanos podían llegar. El oro no era un objetivo real. Al día siguiente bajé a tirar a mis cajas de cartón y me encontré con una sorpresa.

Tal había sido mi capricho del baloncesto que cuando llegue al garaje allí estaba una canasta hecha y derecha en la pared del fondo, algo más alta que las cajas (no podía colgarme del aro). Estuvo en mi garaje más de 12 años y casi que podría decir que es el “juguete” que más he usado en esta vida. Esa mañana empapé en sudor dos camisetas en más de tres horas tirando tiros y haciendo bandejas. Os contaría el partido que se jugó allí, pero suena demasiado obvio. Y todavía no había visto de verdad a Michael Jordan. Pero ese es otro cuento.

Un pirata en el Galibier

No debía ocurrir, pero ocurrió. Acababa de arrancar una nueva edición del Tour de Francia, que transitaba con normalidad por las carreteras. Ullrich gobernaba la general con idéntica planta a la de Miguel Indurain, el último gran campeón de esta carrera, sin embargo, todo estalló por los aires en apenas unos minutos. Ya desde el inicio fue una edición extraña, puesto que debido a que la Copa del Mundo de Fútbol se estaba celebrando en Francia, la carrera se retrasó una semana para iniciarse el día once de julio y terminar el primer domingo de agosto. Pero este cuento no tiene nada que ver con eso.

Como cada año, apenas iniciado julio yo cogí mis bartulos y salí dirección Oropesa del Mar. En el Renault de mis tíos pasaron los quilómetros que separan Segorbe del Camping Voramar. Era sábado y esa misma tarde se disputaba el prólogo de la carrera en Dublín. Yo ojeaba la Guía Marca sobre la ‘Grand Boucle’, leía las opciones de los corredores españoles, entre los que destacaba Fernando Escartín, alucinaba con la espectacular plantilla del equipo Festina con Zülle y Virenque en la cabeza y añoraba una guerra sin cuartel entre Ullrich, vigente campeón y Marco Pantani, que venía de destrozar a todos sus rivales en el reciente Giro de Italia.

Eran unos días donde toda Francia sonreía. Un día más tarde, el domingo día 12 los chicos del fútbol iban a pasar por encima de los brasileños en la gran final de su mundial, el que iba a terminar de coronar a Zinedine Zidane como uno de los más grandes del fútbol. Para los españoles nos quedaba regocijarnos una vez más con los éxitos sobre la arcilla parisina, puesto que Carlos Moyá había ganado su primer y único Grand Slam apenas un mes atrás en el ‘Bois de Boulogne’ ante su rival, compatriota y amigo Alex Corretja. Yo estaba al tanto de todos estos acontecimientos, pero aquel día, era el día en el que arrancaba el Tour de Francia y no importaba nada más.

A eso de las once y media aparcamos en nuestro destino y yo busqué como alma que persigue al diablo la tele de unas 15 pulgadas que había cogido. Mientras mi tío montaba la tienda, yo solamente me preocupaba por la tele, la instalé a toda prisa y sintonicé la segunda cadena. Todo funcionaba a la perfección, así que pude respirar. Necesitaba algo más, necesitaba saber el horario de la carrera  y a que horas salían los corredores que a mi más me interesaban. Pedí permiso y salí disparado a un quiosco que había (y todavía hay) al doblar la primera esquina, justo enfrente de la playa. Compré el Marca y regresé a toda prisa.

Ganó Boardman aquella tarde, un gran especialista en este tipo de pruebas y yo me quedé con ganas de más. Ahora solamente había que esperar a que llegaran las grandes etapas de montaña. Aquel año, la organización había decidido llevar a los corredores por el Aubisque, el Tourmalet o Plateau de Beille en los Pirineos, mientras que para los Alpes les aguardaban el Galibier o la Madeleine. Y la lucha  para ver quien ganaba la carrera estaba repartida entre grandes escaladores como Fernando Escartín, Marco Pantani y Richard Virenque frente a especialistas contra el reloj como Jan Ullrich, Bobby Julich o Alex Zülle.

Con dos victorias apretadas al sprint de Mario Cipollini se llegaba a la primera gran cita de la carrera, una ‘crono’ de 54 quilómetros llana, muy llana. Y aquel día sucedió. La palabra EPO se introdujo en mi cerebro para quedarse eternamente. El dopaje se convirtió en, por decirlo de alguna forma, trending topic, todo el equipo Festina detenido, los corredores pasando la noche en la cárcel antes de ser expulsados de la carrera y un sinfín de historias que poco o nada tenían que ver con el deporte se apoderaron del Tour de Francia.

Pero ese es otro cuento que no viene al caso. Todos conocemos la historia y la intrahistoria. Todos sabemos lo que pasó, lo que no pasó y lo que hubiera pasado si…Este cuento va del amor que el día 27 de julio declaré al Galibier, al Galibier subiendo por la cara del Telegraphe, una subida que ronda los 40 km y dónde Marco Pantani, con la bandana anudada a la cabeza y rompiendo los pedales iba a hacer temblar los cimientos de todos y cada uno de los corredores de la carrera. Fue un día gris y triste, con la lluvia y la niebla como antagonistas de la historia haciendo gala de como se sentía el mundo del ciclismo.

Para mi, inexperto en todas aquellas cosas, era un espectáculo sin precedentes. Ver a aquel ciclista, al que apodaban “el pirata”, destrozar una carrera como aquella, ‘liquidar’ al invulnerable Jan Ullrich entre una niebla que dificultaba la visión de los corredores y de los espectadores. Recuerdo la brisa de aquel día en la Playa de Oropesa, recuerdo perfectamente que a mi lado, un 27 de julio, unos chavales de unos 20 años hablaban de Zidane. Yo, sin embargo, solamente tenía ojos para el Galibier y para un Pirata que lo había seducido entre una densa niebla.

Un par de días después llegué a casa, agarré la bicicleta y me fui al Galibier, no al que está en los Alpes, pero lo ascendí, con un sol de justicia y a un ritmo diferente al de Marco Pantani, pero yo aquel verano del 98 también subí el Galibier.

Una final de Roland Garros en Azuébar

Siempre he acudido al frontón como el que acude a la Iglesia, yo iba cada tarde a citarme con esas tres paredes casi derruidas del estropeado frontón de Azuébar. Incluso muchas veces acudía solo, con mi raqueta al hombro y un bote de pelotas que esperaba no perder entre los millones de matorrales que había detrás. Lo hacía con la ilusión y las ganas de aprender que cualquier niño de trece años puede tener a esa edad. Recuerdo las risas de los mayores en el contiguo campo de fútbol sala, a donde solamente te podías acercar a mirar. Eran tiempos sin móviles, sin Internet y donde los niños pasaban los días por la calle, raqueta o balón en mano y con la bicicleta de aquí para allá.

En el frontón yo llevaba mis batallas hasta la muerte, hasta que la última gota de sudor me entraba en la camiseta o hasta que la luz del sol se esfumaba y tocaba regresar a casa. Este cuento se produce en el verano de 2003. Con los 16 ya cumplidos yo llegaba más tarde que pronto de estudiar de Segorbe, corría desde el autobús hasta mi casa y miraba antes de hablar ni de saludar a nadie los resultados del día en Roland Garros. Sin un smartphone que me acompañase ni las redes sociales era difícil estar al corriente de los resultados. Devoraba la pantalla del telexto, celebraba las victorias españolas, me sorprendía con las sorpresas y con muchos nervios esperaba ver el resultado de Juan Carlos Ferrero, el que por entonces era mi referencia en el mundo de la raqueta.

Aquel día grité un “vamos” que sonó en todo el vecindario, era viernes de la segunda semana en París y el tenista valenciano acababa de derrotar con ligera facilidad a Albert Costa, actual campeón del torneo. Eso significaba que el domingo el sofá y yo teníamos una cita y unas cuántas horas para disfrutar de la gran final. Inmediatamente después de conocer el resultado encendí la televisión y busqué el segundo canal de TVE (Televisión Española), ya que entonces el torneo francés se consideraba de interés nacional y siempre se podía seguir por esta cadena. No tuve suerte. Ni rastro de Ferrero ni de la segunda semifinal que debían disputar Guillermo “el mago” Coria y aquel gigantón holandés que sorprendió a todos en París, Martin Verkerk. Esa noche, nada más llegar del frontón e impregnado en sudor, comprobé en mi amado teletexto que sería el holandés el rival de Ferrero en la gran final. Estaba convencido de que esta vez el torneo no se le iba a escapar.

Me acosté imaginando el partido, pensando en que Juan Carlos debería estar firme con su derecha y certero en el resto puesto que el holandés era un gran sacador. Pensé que tras haber cedido el año anterior ante Albert Costa, mentalmente Ferrero podía quedar muy tocado si no ganaba el domingo. El partido se fue disputando en mi cabeza lentamente, Verkerk ganaría sus servicios y el español dominaría los peloteos. Era un duelo a cara de perro entre ambos y yo lo estaba viendo en mis pensamientos. Me metí en la cama con el aroma de la tierra batida de la Phillippe Chatier, pero con un plan en la cabeza.

Nada más levantarme lo tuve claro. A pesar de los más de 30 grados que había aquella mañana en mi pueblo, desayuné todo lo rápido que pude, raqueta en mano, pelota de tenis y al frontón. Y allí, yo solo, jugué la final de Roland Garros. Yo era Ferrero y también era Verkerk. Cuando le pegaba con el avatar de Juan Carlos siempre lo hacía mejor, Verkerk fallaba mucho más. Esa era mi realidad, aunque el holandés de vez en cuando hacía algún que otro ‘ace’. Ganó Ferrero en cuatro sets, que iba a levantar su primera Copa de los Mosqueteros. No quise hacer la celebración en medio del frontón porque en Azuebar las paredes oyen y ven y me parecía que tal vez algún vecino podía pensar que yo había perdido la cabeza. Pero ya estaba hecho, Ferrero había ganado Roland Garros en Azuébar.

La tarde siguiente el tenista valenciano no solo ganó, sino que se exhibió en la final. 6-1, 6-3 y 6-2 en apenas hora y media, y allí estaba en lo alto del podio celebrando la que era para él su mejor victoria. Yo estaba en el sofá, viéndolo, sonriendo porque en mi cabeza y desde mi raqueta ya había ganado antes. ¿Acaso no lo había visto yo? Me levanté y apagué la televisión. Había sido muy bonito, sin embargo, como ocurre cada vez que termina Roland Garros un gran vacío se quedó dentro de mi. Como dicen los campeones, “nos vemos el año que viene” pensé yo y cogí la raqueta en dirección al frontón.

La fuerza del destino

Recuerdo perfectamente aquella carrera, recuerdo su pelo rubio, el cesped de Wembley…es curioso como el cerebro humano recuerda momentos y los almacena para no expulsarlos nunca. Es algo que no elegimos nosotros, simplemente hay ciertos momentos o instantes que siempre permanecen en nuestra memoria. Pongámonos en situación, mayo, 1992. Allí estaba yo, un niño de apenas cinco años de edad ocupando todo el sofá de mi casa, con mi madre sentada en una silla, rígida y obviando la televisión, como ha hecho otras tantas veces cuando el deporte preside mi casa.  Aguantando mi cabeza está mi padre, cigarro en mano, y degustando una de las tantas finales de Copa de Europa que habrá visto por la tele. Una escena común, familiar.

Yo no era consciente de la importancia de todo aquello, preguntaba cosas cómo, ¿y por qué el Barcelona no va de rojo y azul? o ¿por qué el capitán no es el mejor del equipo? No entendía muy bien de qué iba ese juego. Ajeno a mis pensamientos, en la pequeña pantalla Koeman cogió carrerilla, franqueó la barrera italiana formada por los jugadores de la Sampdoria y arrebató de un cañonazo las telarañas de la portería que defendía Gianluca Pagliuca. El barcelonismo debió de estallar de alegría, al igual que haría en 2006, 2009 o 2011.

Aquella noche yo acabé de ver el partido entre bostezo y bostezo, con mi padre celebrado un éxito del deporte español. Este hecho, que puede parecer prescindible a simple vista, también tiene su historia. En 1992 un madridista de cuna como él sonreía al ver el logro de aquel equipo del norte de España, cuyo camino en la élite del fútbol estaba comenzando. ¿Se imaginan que ocurre algo así ahora? Yo tampoco.

Lo que más llama mi atención de este pasaje de mi vida es que de ese partido no recuerdo mucho más, no tengo la imagen de Guardiola con la Copa, o de otros instantes del partido, sin embargo, la carrera de Koeman, la potencia de su disparo, el gol y la celebración posterior mi cerebro decidió guardarlo bajo llave.  Tal vez el destino me estaba vistiendo ya aquella noche de azulgrana, una religión que profeso desde poco tiempo después, aunque no sabría decir la fecha exacta. ¿Acaso sabrían ustedes decirme desde que día son del equipo por el que ríen y lloran?

Con el Barcelona celebrando su primera Copa de Europa en ese talismán que es Wembley yo cedí y me dormí, consciente de que al día siguiente tocaba acudir, como cada mañana,  a la escuela. A lo lejos escuchaba coches pitando, petardos, pero no quería abrir los ojos, no lo necesitaba.  Este era solo el comienzo de una gran amistad, la amistad que desde aquel día forjé con el deporte, una amistad que perdurará por los siglos de los siglos.