Una tormenta perfecta

Es uno de los silencios más impactantes que recuerdo, millones de flashes se disparaban sobre sus cabezas, sobre sus aguerridos cuerpos. Y allí estaba él, en sus tacos de salida, sin ser consciente de que estaba a punto de romper un cronómetro, de triturar el tiempo, de protagonizar uno de los grandes momentos en la historia del deporte. No hablo de Usain Bolt, ni siquiera de Maurice Greene o Donovan Bailey, aquella era la carrera de Michael Johnson.

Si ahora no entiendo demasiado, en los Juegos Olímpicos de Atlanta de 1996  con tan solo nueve añitos, supongo que no tenía ni idea de atletismo, de lo que significaba correr en tantos minutos o en tantos segundos. Sin embargo, al igual que me gusta ahora disfrutar de los mejores atletas del mundo, por aquella época me dedicaba a admirar las carreras cortas y explosivas, y aquella noche todo el mundo hablaba de él, de un americano que estaba dispuesto a cambiar la historia de ese deporte.

Johnson, que se presentó en la prueba como campeón olímpico de 400 metros, tenía que batir a dos pesos pesados del atletismo como Frank Fredericks, segundo aquella noche, y  Ato Boldon, medalla de bronce. Su característico estilo, del que se decía que corría como un pato, por la postura inclinada siempre hacía detrás de su cuerpo, llenó las portadas de todos los periódicos del mundo, acompañado de una foto con el tiempo final de su carrera, 19 segundos y 32 centésimas. Se hablaba de que era una carrera de otra época, de que era un auténtico extraterrestre.

Aquí os dejo una prueba visual de la carrera, narrada con una técnica exquisita y unos comentarios acertadísimos del referente periodístico número uno en este país (de pandereta), Josep Pedrerol. Observen la intensidad y la admiración que profesa a un Michael Johnson que acababa de dejar una marca para la historia, que se iba a prolongar durante 12 años, hasta que el jamaicano Bolt, en los juegos de Pekín en 2008, rebajase en dos centésimas ese récord del mundo.

No voy a dudar ni a titubear a la hora de deciros que esa es una de las carreras que más me ha impresionado a lo largo de mi vida. Y os aseguro que he disfrutado de la plenitud de históricos como Hicham El Guerrouj, Haile Gebreselassie y los ya mencionados Donovan Bailey, Maurice Greene o Usain Bolt. Entre todas estas leyendas del deporte, aquellos 19’32 de Michael Johnson siempre tendrán un rinconcito en mi cerebro.

Recuerdo haber visto la carrera en solitario, con la brisa que suele recorrer  la madrugada azuebera entrando por el balcón de mi casa. Son fechas especiales en mi pueblo, puesto que cada cuatro años, junto con las fiestas patronales  hay que sacar el tiempo necesario para disfrutar de este tipo de acontecimientos. Por suerte, o por desgracia, a mis nueve años de edad, Michael Johnson, una pista de atletismo y una buena coca cola me seducían más que una noche de fiesta y una botella de alcohol. Vamos, como ahora.

 

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1 comentario

  1. Alguien said,

    julio 25, 2014 a 6:57 am

    Esta carrera es tan importante como ruin es el comentarista. Es uno de los problemas del atletismo, lo poco que se retransmite se hace sin intensidad -véase oro olímpico de Fermín Cacho- y con este entusiasmo a pocos se conseguirá atraer.


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