Entre la ilusión y la desesperanza

El Mont Blanc, esa inmensa mole de nieve y de belleza, fue testigo de como Israel Molina se fue llorando a la cama aquel 22 de abril de 2003, en plena Semana Santa. La Liga de Campeones se había vuelto a cruzar en el camino del Barça, y la ilusión se convirtió en una pesadilla. La realidad nos lleva a un escenario muy diferente al habitual, Les Houches, un pueblo más bonito que pequeño situado en la falda del coloso Alpino y con una temperatura que apenas superaba los cinco grados. Metido en el Chrysler de mi padre allí estaba yo, escuchando la vuelta de aquella eliminatoria de cuartos de final entre el Barcelona y la Juventus de Turín.

Un gol del ‘conejo’ Saviola en Italia había empatado el encuentro y otorgaba una mínima ventaja al equipo de mis amores para la vuelta en el Camp Nou. Yo me levanté nervioso por dos motivos. En nuestro viaje alpino, aquella jornada tocaba visitar Galibier y Madeleine, dos de los grandes pasos del Tour de Francia, sin embargo, un poco más en el fondo de mi mente visualizaba el templo azulgrana y ese partido de vuelta que no me dejaba descansar plácidamente durante las noches previas. Había miedo.

A cuatro quilómetros de la cima del Galibier, una vez ascendidos casi 2000 metros de desnivel, un cartelito anunciaba nuestro final “fermé”, es decir, que nos imposibilitaban subir hasta la cima del puerto por la nieve caída en las últimas horas. Era un mal augurio, sin duda. Aquello se repitió en las rampas finales de la Madeleine, aunque por suerte, después de una copiosa comida en Albertville, sede de los juegos olímpicos de invierno de 1992, por fin pudimos escalar de manera completa otra de las grandes llegadas montañosas de la ronda francesa, Courchevel. ¿Había mejorado la suerte conforme se acercaba la hora del partido?

La llegada al hotel fue más rápida de lo habitual, al igual que la ducha y la cena (merece la pena recordar que en Francia a las 20:45 cuando empieza la Champions la gente está más cerca de meterse en la cama que de cenar), así que mi padre y yo nos subimos al coche en busca de cualquier lugar donde se retransmitiera el fútbol. Visitamos todos y cada uno de los bares, restaurantes y cafeterías de Les Houches, y también los de Chamonix. La mayoría de ellos estaban cerrados, y los otros sin un televisor con el fútbol sintonizado. A toda prisa enchufé  la radio del coche, pasé de una emisora a otra hasta que por fin, dí con una francesa donde se estaba narrando el encuentro. Coche aparcado frente a la puerta del hotel, dos chaquetas para mantener el calor y a sufrir con el fútbol.

Supongo que muchos de vosotros os acordaréis del final de la historia. Nedved adelantó a la Juve, Xavi empató con un buen disparo de fuera del área y el partido se fue a la prórroga. Mi padre de vez en cuando encendía el coche para poner la calefacción, el frío era horrible, apenas entendíamos los nombres de los futbolistas y el cansancio se empezaba a apoderar de nosotros. Pero mandaba el partido. Al final, cuando me preparaba para la peor tanda de penaltis de mi historia sin poder verla, se unieron los nombres de Zalayeta y gol. Todo había terminado. Solo quedaba llorar y dormir.

La mañana siguiente amaneció preciosa, yo saqué la cabeza por la ventana y me quedé fijamente mirando las nieves perpetuas del Mont Blanc, pensé “qué pena”, y nos dirigimos a otro día de ilusión por delante, teníamos Alpe d’Huez y Deux Alpes marcados en rojo para una nueva jornada alpina llena de esperanza pero también de tristeza. Habría que esperar 3 años más, en 2006, con Ronaldinho, Eto’o y Messi para recuperar la amada Liga de Campeones, pero esa es otra historia que contar.

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