Un pirata en el Galibier

No debía ocurrir, pero ocurrió. Acababa de arrancar una nueva edición del Tour de Francia, que transitaba con normalidad por las carreteras. Ullrich gobernaba la general con idéntica planta a la de Miguel Indurain, el último gran campeón de esta carrera, sin embargo, todo estalló por los aires en apenas unos minutos. Ya desde el inicio fue una edición extraña, puesto que debido a que la Copa del Mundo de Fútbol se estaba celebrando en Francia, la carrera se retrasó una semana para iniciarse el día once de julio y terminar el primer domingo de agosto. Pero este cuento no tiene nada que ver con eso.

Como cada año, apenas iniciado julio yo cogí mis bartulos y salí dirección Oropesa del Mar. En el Renault de mis tíos pasaron los quilómetros que separan Segorbe del Camping Voramar. Era sábado y esa misma tarde se disputaba el prólogo de la carrera en Dublín. Yo ojeaba la Guía Marca sobre la ‘Grand Boucle’, leía las opciones de los corredores españoles, entre los que destacaba Fernando Escartín, alucinaba con la espectacular plantilla del equipo Festina con Zülle y Virenque en la cabeza y añoraba una guerra sin cuartel entre Ullrich, vigente campeón y Marco Pantani, que venía de destrozar a todos sus rivales en el reciente Giro de Italia.

Eran unos días donde toda Francia sonreía. Un día más tarde, el domingo día 12 los chicos del fútbol iban a pasar por encima de los brasileños en la gran final de su mundial, el que iba a terminar de coronar a Zinedine Zidane como uno de los más grandes del fútbol. Para los españoles nos quedaba regocijarnos una vez más con los éxitos sobre la arcilla parisina, puesto que Carlos Moyá había ganado su primer y único Grand Slam apenas un mes atrás en el ‘Bois de Boulogne’ ante su rival, compatriota y amigo Alex Corretja. Yo estaba al tanto de todos estos acontecimientos, pero aquel día, era el día en el que arrancaba el Tour de Francia y no importaba nada más.

A eso de las once y media aparcamos en nuestro destino y yo busqué como alma que persigue al diablo la tele de unas 15 pulgadas que había cogido. Mientras mi tío montaba la tienda, yo solamente me preocupaba por la tele, la instalé a toda prisa y sintonicé la segunda cadena. Todo funcionaba a la perfección, así que pude respirar. Necesitaba algo más, necesitaba saber el horario de la carrera  y a que horas salían los corredores que a mi más me interesaban. Pedí permiso y salí disparado a un quiosco que había (y todavía hay) al doblar la primera esquina, justo enfrente de la playa. Compré el Marca y regresé a toda prisa.

Ganó Boardman aquella tarde, un gran especialista en este tipo de pruebas y yo me quedé con ganas de más. Ahora solamente había que esperar a que llegaran las grandes etapas de montaña. Aquel año, la organización había decidido llevar a los corredores por el Aubisque, el Tourmalet o Plateau de Beille en los Pirineos, mientras que para los Alpes les aguardaban el Galibier o la Madeleine. Y la lucha  para ver quien ganaba la carrera estaba repartida entre grandes escaladores como Fernando Escartín, Marco Pantani y Richard Virenque frente a especialistas contra el reloj como Jan Ullrich, Bobby Julich o Alex Zülle.

Con dos victorias apretadas al sprint de Mario Cipollini se llegaba a la primera gran cita de la carrera, una ‘crono’ de 54 quilómetros llana, muy llana. Y aquel día sucedió. La palabra EPO se introdujo en mi cerebro para quedarse eternamente. El dopaje se convirtió en, por decirlo de alguna forma, trending topic, todo el equipo Festina detenido, los corredores pasando la noche en la cárcel antes de ser expulsados de la carrera y un sinfín de historias que poco o nada tenían que ver con el deporte se apoderaron del Tour de Francia.

Pero ese es otro cuento que no viene al caso. Todos conocemos la historia y la intrahistoria. Todos sabemos lo que pasó, lo que no pasó y lo que hubiera pasado si…Este cuento va del amor que el día 27 de julio declaré al Galibier, al Galibier subiendo por la cara del Telegraphe, una subida que ronda los 40 km y dónde Marco Pantani, con la bandana anudada a la cabeza y rompiendo los pedales iba a hacer temblar los cimientos de todos y cada uno de los corredores de la carrera. Fue un día gris y triste, con la lluvia y la niebla como antagonistas de la historia haciendo gala de como se sentía el mundo del ciclismo.

Para mi, inexperto en todas aquellas cosas, era un espectáculo sin precedentes. Ver a aquel ciclista, al que apodaban “el pirata”, destrozar una carrera como aquella, ‘liquidar’ al invulnerable Jan Ullrich entre una niebla que dificultaba la visión de los corredores y de los espectadores. Recuerdo la brisa de aquel día en la Playa de Oropesa, recuerdo perfectamente que a mi lado, un 27 de julio, unos chavales de unos 20 años hablaban de Zidane. Yo, sin embargo, solamente tenía ojos para el Galibier y para un Pirata que lo había seducido entre una densa niebla.

Un par de días después llegué a casa, agarré la bicicleta y me fui al Galibier, no al que está en los Alpes, pero lo ascendí, con un sol de justicia y a un ritmo diferente al de Marco Pantani, pero yo aquel verano del 98 también subí el Galibier.

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