Una final de Roland Garros en Azuébar

Siempre he acudido al frontón como el que acude a la Iglesia, yo iba cada tarde a citarme con esas tres paredes casi derruidas del estropeado frontón de Azuébar. Incluso muchas veces acudía solo, con mi raqueta al hombro y un bote de pelotas que esperaba no perder entre los millones de matorrales que había detrás. Lo hacía con la ilusión y las ganas de aprender que cualquier niño de trece años puede tener a esa edad. Recuerdo las risas de los mayores en el contiguo campo de fútbol sala, a donde solamente te podías acercar a mirar. Eran tiempos sin móviles, sin Internet y donde los niños pasaban los días por la calle, raqueta o balón en mano y con la bicicleta de aquí para allá.

En el frontón yo llevaba mis batallas hasta la muerte, hasta que la última gota de sudor me entraba en la camiseta o hasta que la luz del sol se esfumaba y tocaba regresar a casa. Este cuento se produce en el verano de 2003. Con los 16 ya cumplidos yo llegaba más tarde que pronto de estudiar de Segorbe, corría desde el autobús hasta mi casa y miraba antes de hablar ni de saludar a nadie los resultados del día en Roland Garros. Sin un smartphone que me acompañase ni las redes sociales era difícil estar al corriente de los resultados. Devoraba la pantalla del telexto, celebraba las victorias españolas, me sorprendía con las sorpresas y con muchos nervios esperaba ver el resultado de Juan Carlos Ferrero, el que por entonces era mi referencia en el mundo de la raqueta.

Aquel día grité un “vamos” que sonó en todo el vecindario, era viernes de la segunda semana en París y el tenista valenciano acababa de derrotar con ligera facilidad a Albert Costa, actual campeón del torneo. Eso significaba que el domingo el sofá y yo teníamos una cita y unas cuántas horas para disfrutar de la gran final. Inmediatamente después de conocer el resultado encendí la televisión y busqué el segundo canal de TVE (Televisión Española), ya que entonces el torneo francés se consideraba de interés nacional y siempre se podía seguir por esta cadena. No tuve suerte. Ni rastro de Ferrero ni de la segunda semifinal que debían disputar Guillermo “el mago” Coria y aquel gigantón holandés que sorprendió a todos en París, Martin Verkerk. Esa noche, nada más llegar del frontón e impregnado en sudor, comprobé en mi amado teletexto que sería el holandés el rival de Ferrero en la gran final. Estaba convencido de que esta vez el torneo no se le iba a escapar.

Me acosté imaginando el partido, pensando en que Juan Carlos debería estar firme con su derecha y certero en el resto puesto que el holandés era un gran sacador. Pensé que tras haber cedido el año anterior ante Albert Costa, mentalmente Ferrero podía quedar muy tocado si no ganaba el domingo. El partido se fue disputando en mi cabeza lentamente, Verkerk ganaría sus servicios y el español dominaría los peloteos. Era un duelo a cara de perro entre ambos y yo lo estaba viendo en mis pensamientos. Me metí en la cama con el aroma de la tierra batida de la Phillippe Chatier, pero con un plan en la cabeza.

Nada más levantarme lo tuve claro. A pesar de los más de 30 grados que había aquella mañana en mi pueblo, desayuné todo lo rápido que pude, raqueta en mano, pelota de tenis y al frontón. Y allí, yo solo, jugué la final de Roland Garros. Yo era Ferrero y también era Verkerk. Cuando le pegaba con el avatar de Juan Carlos siempre lo hacía mejor, Verkerk fallaba mucho más. Esa era mi realidad, aunque el holandés de vez en cuando hacía algún que otro ‘ace’. Ganó Ferrero en cuatro sets, que iba a levantar su primera Copa de los Mosqueteros. No quise hacer la celebración en medio del frontón porque en Azuebar las paredes oyen y ven y me parecía que tal vez algún vecino podía pensar que yo había perdido la cabeza. Pero ya estaba hecho, Ferrero había ganado Roland Garros en Azuébar.

La tarde siguiente el tenista valenciano no solo ganó, sino que se exhibió en la final. 6-1, 6-3 y 6-2 en apenas hora y media, y allí estaba en lo alto del podio celebrando la que era para él su mejor victoria. Yo estaba en el sofá, viéndolo, sonriendo porque en mi cabeza y desde mi raqueta ya había ganado antes. ¿Acaso no lo había visto yo? Me levanté y apagué la televisión. Había sido muy bonito, sin embargo, como ocurre cada vez que termina Roland Garros un gran vacío se quedó dentro de mi. Como dicen los campeones, “nos vemos el año que viene” pensé yo y cogí la raqueta en dirección al frontón.

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