La batalla de nuestro tiempo

La noche abrazó al día, y cogió su téstigo al paso que marcaban Nadal y Djokovic sobre el cemento australiano. La luna iluminaba Melbourne y dos estrellas peloteaban en la Rod Laver Arena instantes antes de que diera comienzo la séptima final entre las dos primeras raquetas del ránking mundial. El despertador de los españoles se adelantó este domingo para saborear la festiva mañana disfrutando de nuestro guerrero particular. El ogro Djokovic había atormentado el sueño de miles de españoles esa noche, las seis últimas derrotas golpeaban cada músculo del cuerpo de Nadal y la sed de venganza recorría las venas de cada aficionado español al tenis. Una nueva oportunidad se presentaba ante sí. El nuevo Rafa Nadal estaba dispuesto a regresar a la gloria y a tumbar a su nuevo enemigo.

Todo esto como antesala de un partido mágico, de una final absolutamente maravillosa que confirma a Djokovic como número uno pero que devuelve a Nadal las sensaciones de siempre. Un partido disputado a tumba abierta, sin miedos, sin temores. Una oda recitada y bien recibida por el tenis, un canto a este maravilloso deporte al que cada final de estas va recibiendo adeptos. Djokovic, el invitado de honor en la era Nadal-Federer ha derribado la puerta definitivamente. Estoy aquí y me voy a quedar para mucho tiempo. “Deberíamos haber ganado los dos” fue el final del discurso de Djokovic tras recibir el trofeo de campeón. No hace falta decir nada más.

Y es que ahí estaba él, seis horas después de empezar a pelotear, Djokovic desgarraba su camiseta, se tiraba al suelo exhausto, incrédulo, campeón. Lo había vuelto a hacer, sufriendo como nunca, ante un gigantesco Rafa Nadal que hizo de tripas corazón para alargar la final más épica de nuestro tiempo. El gladiador de Manacor, una vez tras otra contra las cuerdas, había sacado soluciones siempre hasta que una derecha del número uno le hizo claudicar. Nadal no movía ni un músculo, su mirada se perdía en el horizonte. “No sé ni cuanto tiempo hemos estado jugando, pero pensaba que esto no iba a terminar nunca”, apuntaba Nadal nada más finalizar el partido y con el rostro desencajado por el inhumano esfuerzo realizado. Un abrazo entre ambos llevó el delirio a un público absolutamente asombrado de lo que acababa de presenciar. La mejor final de la historia del tenis se acababa de terminar. La mejor final de la historia del tenis, han leído bien. Ahí es nada.

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1 comentario

  1. Anónimo said,

    mayo 16, 2012 a 11:56 am

    Me ha gustado mucho esta crónica


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