Un monumento al fútbol

Suena poético el titular, pero así ha sido. Un clásico de verdad, de poder a poder, con un Madrid desmelenado buscando y encontrando las cosquillas al Barça y un Barça competitivo al máximo, menos brillante pero efectivo. Dos estilos de fútbol antagónicos, igual de válidos ambos. Dos equipazos, los dos mejores del mundo, y un partido que no se olvidará facilmente. Se hablará del árbitro por desgracia, un mero figurante viendo el potencial futbolístico expuesto por ambos equipos en el campo. De Teixeira Vitienes hay que decir lo que todos hemos visto, que ha hecho un arbitraje cobarde para ambos y evitando cualquier decisión comprometida. Un mal arbitraje que no deberia utilizar el Real Madrid a su favor. Son demasiadas veces ya y la película no se sostiene por ningún lado. Hablemos de fútbol, que ha habido ración doble.

Se ha visto el mejor Madrid de la era Mourinho, sin duda. Un Madrid valiente con el protagonismo en Ozil, sobresaliente, Kaka y Ronaldo. El Real Madrid ha minimizado al Barça, le ha buscado en tres cuartos de campo, ha poblado de minas la zona de referencia de Xavi, y Kaka junto a Ozil se han movido entre líneas de forma perfecta. A eso se ha unido una soberbia actuación de Ronaldo, que esta vez sí ha sido un problema para el Barça. Hasta cuatro ocasiones claras ha tenido el Madrid en la primera media hora, dilapidadas todas ellas entre el infortunio, el larguero y un buen Pinto. Pero la apuesta del Madrid tenia un riesgo imperdonable, Messi. Dejar dos hombres sólo en el centro del campo supone una recepción “cómoda” para Leo, y ahí Messi te mata. Así ha sido. El argentino ha enganchado una pelota a 40 metros de Iker, se ha escapado, ha atraído a tres defensas y ha habilitado a Pedro para que, libre de marca, llevará el delirio al Camp Nou. Golpe de efecto.

El partido ha pasado al terreno del Barça, al rondo de cada concierto. Ahí ha crecido el Barcelona hasta el 2-0, un disparo soberbio de Dani Alves al filo del descanso. El Camp Nou se veía en semifinales pero el Madrid estaba en el vestuario afilando el cuchillo. Estábamos a punto de contemplar los mejores 45 minutos de fútbol que yo recuerde. El Madrid ha acusado el mazazo el primer cuarto de hora, pero se ha sobrepuesto, ha crecido y ha dicho “aquí estoy yo”. Ozil, omnipresente toda la noche, ha dejado en boca de gol a Ronaldo, que tras driblar a Pinto marcaba el 1-2 y llevaba la incertidumbre a la gradería local. Una incertidumbre elevada a la máxima potencia cuando cinco minutos después Karim Benzema, recién incorporado al campo por un errático Higuain, ponía las tablas en el marcador y dejaba al Madrid a un gol de consumar el milagro. La tensión se palpaba en el ambiente. El Madrid creía y el Barça anhelaba el pitido final. Quince minutos de ilusión y agonía por delante.

Y no obró la proeza el Madrid, porque el Barça compitió como los grandes, porque no solo de belleza vive el fútbol. El Barça también supo jugar al otro fútbol, y volvió a salir triunfador de una noche mágica para todos los futboleros. No se va con mala cara el madridismo que ha pagado en exceso la cobardía de su entrenador en la ida y el precio de mantener a Bezema demasiado tiempo en el banquillo y de regalar al Barça 180 minutos sin Marcelo. Un precio demasiado alto ante un equipo que cada día que pasa agranda su leyenda. El Barça sigue en la Copa, ya está en semifinales, ha vuelto a apear a su enemigo al que deja herido otra vez y si huele sangre en la liga irá a por ella. Tenemos 5 meses de fútbol apasionantes por delante.

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