Lo mejor del año: Rafa Nadal

Si el 2010 merece remarcar un deportista por encima del resto ese es Rafa Nadal. Y no lo digo como fan número uno del balear, que también, sino porque sus logros, sus récords y sus victorias están ahí para demostrarlo. Cada segundo que Rafa pasa en una pista de tenis es una oda al deporte de toda la vida, a la exigencia, a la humildad, a llevar el cuerpo humano al límite de lo posible. Por todos estos motivos Rafa ha terminado enamorando a todo un país. Nadal es mucho más que nuestro mejor deportista, es un ejemplo para todos los que empiezan desde abajo. A Rafa lo sigue el niño de siete años que quiere ser tenista, lo sigue la mamá del niño porque espera que su hijo sea lo que es Nadal y lo sigue el abuelo emocionado con lágrimas en los ojos recordando lo que hubiera deseado para su juventud. Nadal es la consecuencia del trabajo de muchos grandes tenistas anteriores. Sembró un porvenir Santana, apareció Bruguera, más tarde los Moyá, Corretja, Ferrero o Costa y la guinda del pastel ha sido Rafa, que a sus 24 años podemos afirmar sin temor a equivocarnos que estamos ante el mejor deportista de nuestra historia.

Y todo esto teniendo en cuenta que el año no empezó de la mejor forma posible para el balear. El manacorí se recuperó de sus molestias a última hora para poder entrar en el cuadro de Australia. Tirando de casta y orgullo más que de tenis Nadal se plantó en los cuartos de final donde fue eliminado por un gran Andy Murray. Posteriormente Rafa daba la sensación de no poder recuperar las sensaciones del pasado. Seguía entre los primeros espadas pero tanto Indian Wells como Cayo Vizcaino hicieron sembrar ciertas dudas sobre si Rafa volvería a ser el de antaño. La temporada de tierra que estaba a punto de comenzar tenía la respuesta.

Y fue ahí donde renació Nadal, donde recuperó la confianza pérdida y se convirtió en una trituradora. Primero fue en Montecarlo donde no tuvo piedad de ningún rival, incluido Fernando Verdasco en la final al que sólo permitió hacer un juego. Posteriormente sería sus rivales de Roma los que vieron al huracán Nadal arrasarlos y posteriormente triunfó en Madrid derrotando a Roger Federer en la final y confirmando que su vuelta era más que palpable. Pero faltaba reafirmar todo ello en París y en la central de Roland Garros. Yvaya sí lo hizo. Ganó a lo grande, sin ceder una sola manga en todo el torneo y ejecutando en la final a Robin Soderling, su verdugo el pasado año. Poco más de hora y media y el sueco ya estaba en la lona. Su cuarto entorchado parisino ya era una realidad.

Por si todavía quedaban preguntas que responder sobre su juego en determinadas superficies se plantó en la hierba de Wimbledon a la sombra de Federer. El suizo era el actual campeón y el gran favorito pero Nadal estaba de vuelta. El balear fue avanzando rondas, sufriendo más que Federer, pasando verdaderos agobios en algunos de sus partidos contra grandese sacadores. Sería en cuartos de final donde dio un golpe de autoridad venciendo a Soderling mientras que Roger mordía el polvo ante el checo Berdych. En el camino se volví a cruzar Murray, el ídolo de los británicos. Ni la Reina Madre se perdió el evento, sin embargo no pudo disfrutar de una victoria de su compatriota. Nadal lo pasó por encima esta vez y volvía a la final del torneo londinense. Y en dicha final no tuvo ninguna piedad de Berdych al que martirizó a base de ganadores, de passings imposibles, de restos a las líneas. Nadal volvía a echarse sobre el verde de Wimbledon. Su octavo Grand Slam estaba hecho. Su leyenda crecía por momentos.

Pero la ambición de Nadal no tiene límites. Era perfectamente consciente que tenía una espinita clavada con el US Open y  llegaba la hora de sacarla. Llegaba a las pistas de Flushing Meadows cómo reciente número uno del mundo y en un estado físico óptimo al contrario de lo que había sucedido en anteriores temporadas. Sin embargo la gente, yo entre ellos, dudabamos de si veríamos al mejor Nadal sobre una pista donde siempre le ha costado desplegar su mejor juego. Los primeros partidos en el torneo empezaban a dejar buenas sensaciones. No veíamos al mejor Rafa pero se veía otra cosa al resto de años. Se plantó en cuartos donde derrotó sin piedad a Verdasco, pasó por encima de Youzhny en semis y firmaba su pase a la final sin haber cedido una sola manga. Con Djokovic al otro lado de la pista podía pasar cualquier cosa. Disfrutamos de un partido brillante, ambos desplegaron su mejor juego pero fue Nadal, quién sino, el que acabaría mordiendo el único Grande que le quedaba. Un sueño más que tachar en su lista. Otra victoria para la historia. La leyenda empieza a convertirse en mito.

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